miércoles, 28 de diciembre de 2016

Carrie Organa, Leia Fisher...León Skywalker

Hoy ha llegado a nuestra base, cuya localización, como entenderá no puedo revelar, una luctuosa noticia.

Te has hecho una con la Fuerza.

Verá, Princesa, Su Excelencia no me conocía.

Soy un anónimo piloto al servicio de la Resistencia. Como antes lo fui de la Nueva República, tras aquellos heroicos años en los que combatí para la Alianza Rebelde, y antes para su padre adoptivo, el llorado Bail Organa.

Más, en realidad, siempre combatí a su servicio, Princesa.

Nunca fui un piloto top, como el bueno de Wedge Antilles, ni pertenecí al Escuadrón Pícaro, ni al Escuadrón Oro, ni a ninguno de los escuadrones que tanta fama le dieron a la Comandancia de Cazas de nuestra Rebelión.

Siempre fui uno entre el montón, encargado de misiones rutinarias, siempre aisladas del teatro principal de operaciones,  simple espectador de la fabulosa saga galáctica que protagonizaste. Porque, si, aunque para muchos aquello fue la historia del ascenso y caída de Anakin, tu padre, o incluso la historia de tu hermano Luke, para mí siempre fue la historia de tu vida, verdadero motor de la Guerra Civil Galáctica que devolvió la libertad a la Galaxia.

Nunca fuimos presentados. El único contacto más o menos cercano que mantuvimos fue allá en Hoth, en la Base Echo, horas antes del ataque de los Imperiales. No estabas de humor, y te limitaste a apartarme con un codazo al interponerme en tu camino en aquellos estrechos pasillos de la base que mantuvimos en el planeta helado. Menudo genio te gastabas, supongo que heredado de tu padre, tan Sith como era.

Siempre seguí sus vicisitudes, apropiándome de cada retazo de información sobre su vida. Aquellas negras horas en la Estrella de la Muerte, el rapto que sufriste a manos de Jabba The Hutt. La gloriosa batalla en Endor.

Aquel bikini dorado que tanta polvareda cósmica levantó en los mentideros de la Galaxia…Aunque, fíjese Excelencia, pese a que estaba usted muy sexy con aquel atuendo que le puso el despreciable Hutt, yo siempre la preferí de gala, como en la Ceremonia de entrega de medallas en Yavin IV, con sus sofisticados peinados de princesa alderaaniana y su dignidad aristocrática. Nunca se ha visto a   alguien imponerle a un Wookie – heroicos luchadores si, montañas peludas también-   una medalla con tanta gracia, donaire y salero.

Es lo que tiene el amor platónico.

Nunca entendí su romance con el gracioso de Han Solo. Supongo que, cansada de tanto Senador y tanto General Rebelde de buena cuna, era inevitable que se encaprichase de un despreciable contrabandista corelliano, pero déjeme decirle, Excelencia, que el bueno de Bail Organa nunca hubiese aprobado la relación. De aquellas pajas vinieron estos lodos, que decíamos en Alderaan: no hay más que ver la cara del hijo que tuvisteis, el malvado Ben Solo, también llamado Kylo Ren, para comprender que no supo usted elegir un buen padre para perpetuar su legendaria familia.

Y ahora se nos ha ido. Con lo que le quedaba por hacer…

Debía usted liderar a la Resistencia en la formidable batalla que nos espera contra la Primera Orden. Debía usted encaminar al majara de su hermano Luke. Debía seguir aportando dignidad a nuestra causa.

Ahora que el contrabandista no estaba, quizás hubiera habido una oportunidad para lo nuestro.

Siempre fantasee con la posibilidad de que en su edad madura prefiriese el sensato y pausado cariño de un alderaaniano como yo, y quizás entre ambos hubiésemos podido encauzar a su díscolo hijo, atrayéndolo al lado luminoso de la Fuerza.

Pero ya no está. Misteriosas circunstancias que nada tienen que ver con esta nuestra Galaxia, muy, muy lejana, van a impedir que pueda usted cumplir con todos los sueños del pueblo galáctico en particular, y porque no confesarlo, con los míos en particular.

La terrible noticia me sorprendió, como le decía, en la apartada base de la Resistencia donde sirvo a nuestro movimiento por la libertad.

Le he pedido permiso al Comandante para unos asuntos particulares.

He agarrado mi antiguo y querido Y- Wing y he tomado rumbo a un concreto punto de la Galaxia.

Tras salir del Hiperespacio he sentido una honda pena por la ausencia doble que trasluce este antinatural campo de asteroides.

En una cápsula he introducido todos mis recuerdos. Mi primer uniforme de piloto rebelde, una fotografía dedicada por el Almirante Ackbar, un blaster que se te cayó en nuestra huida de Hoth, una recomendación de Bail Organa para matricularme en la Academia de Pilotos de la Alianza Rebelde, y esta carta de despedida.

Una vez la termine, cerraré la cápsula metálica y la haré deslizar entre la negrura del Espacio.

La negrura que una vez fue Alderaan, donde hoy flotan inermes las rocas de nuestro querido planeta, los recuerdos de mi juventud, de mi vida en paralelo a la suya, a su sombra, al amparo de las fantasías de un joven que tomó una y mil veces los mandos de su nave y combatió al Lado Oscuro en mil batallas, quizás reales.

Quizás imaginarias.

Introduzco en el ordenador de a bordo las coordenadas de mi nuevo paradero. Tan solo la Fuerza sabe que me deparará el destino.

Cuando entre en el hiperespacio las estrellas se convertirán en estelas una vez más, y cerraré los ojos para imaginar, como tantas noches, que yo te digo “Te Quiero”

Y tu me respondes:

“Lo sé”.


domingo, 20 de noviembre de 2016

AMANECIENDO QUINTA PARTE. SONRIENDO QUE ES GERUNDIO.


Permíteme que me ponga cursi. Que sea críptico.

Veras.

Me quedé a mitad de camino entre el descaro y la timidez, y estas cosas necesito escribirlas desde algún parapeto. Aunque las lea todo el mundo.

Antes que nada y como siempre, los antecedentes; que se note la toga.

Integrando el elenco de tópicos y remoquetes sobre mí persona,  y en lugar destacado, se encuentra una supuesta dificultad o incapacidad para reír y una dosificación en extremo rácana de mis sonrisas. Más allá, los más avezados leonólogos se atreven a manifestar que, una vez vista mi sonrisa,  no quedan ganas de repetir.

Sin embargo, a veces parece que el mundo – tan aparentemente caótico- tiende a buscar su propio equilibrio  de forma sutil. El nivel de entropía va deslizándose suavemente - por dónde demonios se deslicen las magnitudes físicas- hacia un pacífico estado de equilibrio.   O quizás es que yo empiezo a ver paz donde antes veía caos, empiezo a imaginarme sentado en una playa al atardecer cuando antes me imaginaba asaltando una trinchera alemana y escucho violines donde antes escuchaba la voz del tío de Los Suaves. Perdona la mariconada.

Pero no, caray, no la perdones. Vamos  a seguir por este camino, tal día hizo un año.

Cierra los ojos por un momento e imagina a tu padre con treinta y algunos años. Barba recién estrenada, todavía negra, calva por estrenar pero amenazante…Si, como en esas fotos que te he enseñado. Si, esas, las que te reconcilian con el posible futuro aspecto de la edad madura.

Y ahora imagíname caminando por un campo minado  durante una batalla, mediando tormenta con granizo y pedrisco –no tengo muy clara la diferencia entre el granizo y el pedrisco más  se trata, carajo,  de dramatizar la escena-, abundante aparato eléctrico, monstruos tenebrosos salidos del averno y todo tipo de putadas variadas.

Pues eso. Para no dar muchos detalles a mis lectores - ese menguante medio centenar de fieles, qué digo, héroes-  quédate con esa imagen y que ella te sirva de resumen para los años que te precedieron.
Una precisión. En relación a los monstruos salidos del averno, conviene decir que los pobres criaturas  no eran tan feas, que incluso hubo más de una de ellas que no estaba nada mal, y en general, la experiencia mereció la pena.

La culpa, como casi siempre, fue del León y de su mente, novelando demasiado, reescribiendo y creando historias épicas de espada y caballería donde sólo había  Quijotes y nunca Dulcineas. Las criaturas del averno nunca tienen la culpa, recuerda lo que te digo.       
    
Pero fueran bellas, luminosas, sublimes, macabras o  tenebrosas, ninguna de aquellas criaturas tenía tu sonrisa.

Y ahí es donde voy.

Con cada una de esas tus sonrisas el nivel de entropía crece como la espuma. Los ruidos amainan, la batalla cesa, los violines suenan, el sol cae sobre el horizonte del El Palmar, firmo el armisticio de Compiegne conmigo mismo,  las criaturas del averno  pasan a los libros de historia. El  de Los Suaves se calla, sube a escena Chambao con sobredosis de "transilium". 

Empieza a soplar una puñetera brisa entrópica y armónica, la hierba  crece verde y fresca, y yo me atrevo a escribir que la hierba crece verde y fresca en mi blog sin  ruborizarme en absoluto y me expongo a las sonrisas torcidas de mis amigos  que leen estas frases sin decírmelo, apostados cual francotirador hijodeputa en las ruinas de Staligrado. Aquí tenéis mi pecho,  mamones, me gustan los atardeceres y la hierba fresca y verde, el Los Suaves se ha callado, y la de Chambao canta "Ahi estás tuuuu" ... así que  disparad., que ya estáis tardando…

Y sonríes. Y escampa. O mejor en gerundio, ha ido escampando. De igual forma que el ruido ha ido cesando, la batalla  acabando. Pero bendito gerundio que implica movimiento, que implica que está atardeciendo, como si pudiéramos hacer que el sol se quede en un eterno descenso y nunca atardezca del todo.  

Y así con todos los gerundios.

Andando, saltando, corriendo, cantando, contando. Para nunca terminar de andar, de saltar, de correr, de cantar o de contar.

Sonriendo. Para, lo has adivinando, nunca dejar de sonreír. Mientras yo me hago el serio.

Sonriendo como tú ahora.

Entre otras cosas porque te has dado cuenta que esta entrada va dedicada a ti.

O a tu sonrisa gemela.   

Eso solo lo sabe papá.